¡Buenos días!
Estoy disfrutando sobremanera de estos días de otoño que esta vez sí que son casi como deben ser, tanto que me poseen lo suficiente como para dejarme imbuir de tal manera por él que no querría salir jamás de esta estación, de la que no me sacarían ni con agua hirviendo, ni lanzándome de ella por la fuerza y en contra de mi voluntad, por mucho que el calendario y la rotación y traslación terrestres estipulen lo contrario, pues es la estación en la que viviría perpetuamente. Bueno, pase lo que pase, ante cualquier amago de sentirme desahuciado, siempre me quedará la buena acogida que siento cuando entro en estos matutinos, incluso siendo un inquilino fijo discontinuo de su hospitalidad.
Este fin de semana estuve en el cine viendo "Nuda propiedad" (2026), de Alberto Utrera, y con Susana Abaitua, Maxi Iglesias, David Lorente, Pepe Viyuela y Paco Churruca. Es la cuarta película de largometraje (de ficción) de su director, de quien había visto sus dos anteriores más recientes, "Uno equis dos" (2025) y la estupenda y muy divertida "Desmontando a Lucía" (2024).
Una pareja, casi en la cuarentena, ella trabaja de cartera y él es profesor de matemáticas en un colegio, viven de alquiler con ciertas estrecheces económicas en un buen y amplio piso en el centro de Madrid, algo viejo, y aunque sus salarios no son muy holgados sueñan con ser propietarios algún día del suyo propio, cosa prácticamente imposible para ellos tal y como está la situación de la vivienda y sus precios estratosféricos, lo que les apesadumbra y frustra. Un día se les presenta la oportunidad, pues ven un anuncio de que uno de sus vecinos pone a la venta su casa y aunque solo van a mirar pues suponen que será inalcanzable para ellos descubren que está a precio de ganga gracias a que solo se vende la nuda propiedad, es decir, no podrán disfrutar de la total propiedad, ni ir a vivir allí, hasta que fallezca su dueño residente, un octogenario que bebe y fuma como un carretero, tiene cáncer y al que le queda poco y menos para morir. La pareja se las promete muy felices, pero al poco el anciano desaparece y la pareja, especialmente ella, se obsesiona con conseguir rápidamente ir a vivir allí, más cuando su casero les dice que tienen que dejar el piso alquilado en el que viven pues lo necesita para un hijo. Pero unas semanas después el anciano reaparece, aunque no parece el mismo, pues rebosa salud y vitalidad por los cuatro costados. El mundo se les viene abajo, sospechan que han podido ser timados, y empiezan a tomar en consideración drásticas medidas para conseguir cuanto antes poder ocupar su propio piso.
Buena película (nota: 6) esta comedia triste y algo oscura, con corrosivo humor negro y algo incómodo y cierta retranca puesta especialmente por los personajes del anciano moribundo, el agente inmobiliario y el notario, así como con cierto grado de suspense. En mi opinión quizá le faltó un punto más de mordiente en su crítica de la terrible situación de la vivienda que estamos viviendo, que es tratada con humor, pero sin esconder lo grave de sus consecuencias, como hasta donde se puede llegar por desesperación, llegando hasta el mismo absurdo, o no, que quizá haya casos reales así. Como se dice literalmente en esta película, en boca de uno de sus personajes, "¡cómo se está poniendo la vivienda!". Al final, acaba por destilar eso de aceptar lo que buena, o malamente nos toca. Por la situación de partida recuerda en cierto modo a un clásico de nuestro cine, la excelente "El pisito" (1958) de Marco Ferreri, pero en algunas otras escenas, también hacia el principio, a esta obra maestra, "La ventana indiscreta" ("Rear window", 1954) de Alfred Hitchcock.
Llegó el momento de la sabiduría ajena, con estas citas cuya nuda propiedad corresponde a sus autores, y su disfrute a quienes las leemos y tratamos de aprovechar (en el buen sentido) su contenido:
- "La propiedad es una trampa; lo que creemos poseer, en realidad nos posee". (Alphonse Karr).
- "Qué obsesión la de un ser tan efímero como el hombre, mirando siempre hacia el futuro, hacia un porvenir que viene raramente; descuidando y no disfrutando del momento actual, el cual, por lo menos, lo tenemos más seguro". (Jean Jacques Rousseau).
Besos y abrazos,
Don.
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