¡Buenos días!
No nos vamos a quemar en este plácido amanecer, tanto porque el sol todavía anda lejos de su cenit, como porque la canícula, aunque cercana, todavía no nos oprime. Ya me gustaría que hiciera más fresco, pero en fin, habrá que apañarse con los 31ºC de máxima prevista para hoy por los madriles. Y con total alegría entro a este matutino, cual idílico jardín en el que recuperaré un tanto mi cordura, sin guardarme rencor a mí mismo, obnubilado como ya estoy en su sereno ambiente.
Este fin de semana estuve en el teatro viendo la obra "El jardín quemado" (1999), escrita y dirigida por Juan Mayorga, e interpretada por Adriana Ozores, Loreto Mauleón, Jesús Barranco, Joserra Iglesias, Mariano Llorente, y Miguel Hermoso. De su autor y director había visto anteriormente tres funciones suyas, "Intensamente azules" (2018), "Amistad" (2017), "El cartógrafo" (2009), la versión que hizo de la inconclusa obra de teatro de Georg Brüchner "Woyzeck" (1837); y dos películas basadas en obras suyas, "Teresa" (2023) de Paula Ortiz, basada en su obra teatral "La lengua en pedazos" (2011), y la magistral película francesa inspirada en su obra "El chico de la última fila" (2006), "En la casa" ("Dans la maison", 2012) de François Ozon.
La veterana directora de un hospital psiquiátrico sito en una pequeña isla lejos del mundanal ruido, que se jubilará en breve, cuenta desde hace poco con la ayuda de una joven psiquiatra con impresionantes credenciales académicas, con muchas inquietudes de cambiar las cosas en ese lugar, abstraído del tiempo que allende sus muros no se ha detenido. El dictador del país ha muerto y ahora hay una recién estrenada democracia. Cuarenta años antes, con la guerra civil recién terminada, fueron ingresados allí doce hombres perfectamente sanos con la connivencia de la misma directora, muy joven por entonces, de los que no se volvió a saber nada. La veterana y la joven enfrentan sus pareceres y razones alrededor de aquel misterio, cuyo recuerdo se encuentra en la difusa memoria de los pocos internos que todavía quedan, abstraídos de la realidad en su mundo de fantasía.
Buena obra de teatro (nota: 6), compleja y exigente para el espectador, que se mueve siempre en una muy difusa zona de grises, muy filosófica, con aires de teatro del absurdo al estilo Samuel Beckett ("Esperando a Godot", 1952), con demasiada metáfora que a ratos se escapaba de mi entendimiento, perdida en mis sinapsis neuronales, un tanto rigurosa y árida para mis entendederas, que sin embargo en ciertos momentos, cuando sintonizaba con ella, me dejó excelente poso reflexivo. Una ficción, que quizá recuerde a ciertos hechos históricos que no se citan expresamente, sobre locura como vía de escape de cada cual de una realidad cruel e insoportable, y también colectiva, de verdugos y víctimas, y de como algunas de estas pueden llegar a ejercer de verdugos por mera supervivencia. También de memoria (y olvido) y de lo difícil que es juzgar hechos pasados a la luz de los parámetros actuales, provocándonos debate sobre memoria histórica de si es mejor dejar a los muertos enterrados (o encerrados), o no, además de hacernos dudar de la mitificación de ciertos hechos, de si esos hombres desean ser salvados, por muy buenas intenciones que se tengan en querer rescatar a alguien.
Tranquilidad, no penemos, que ya está aquí la sabiduría ajena, con estas citas de lo más floridas, que tal vez nos aporten algo de sensatez:
- "El pasado es imprevisible, está no menos abierto que el futuro y laten en él preguntas que pueden poner en peligro el presente que se arriesga a observarlo". (Juan Mayorga).
- "El fuego, al parecer extinto, duerme a menudo bajo la ceniza". (Pierre Corneille).
- "El pasado es un cubo lleno de cenizas. No vivas en el ayer ni en el mañana, sino aquí y ahora". (Carl Sandburg).
- "El tiempo lo cura todo, pero también lo quema todo. Lo bueno y lo malo. Te arranca de la memoria cosas que quisieras tener ahí. El tiempo se lo lleva". (Ana María Matute).
Besos y abrazos,
Don.
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